Hablar hoy de SENASA es hablar de una institución que, lejos de cumplir su razón de ser, se ha convertido en símbolo del colapso moral y administrativo del sistema público de salud. Lo que debía ser un escudo para los más vulnerables terminó transformándose en un escenario de saqueo, improvisación y abandono. El daño no es solo financiero; es humano, profundo y silencioso, padecido por miles de dominicanos que confiaron su salud a un sistema que les falló.
El desfalco multimillonario que hoy sale a la luz no ocurrió de la noche a la mañana. Fue el resultado de una cultura de impunidad, de directivos que olvidaron que administraban recursos sagrados, destinados a medicamentos, tratamientos y vidas. Cada peso robado tuvo una consecuencia directa: citas negadas, tratamientos retrasados, pacientes desamparados. Eso, en términos reales, es una forma de exterminio social por negligencia y corrupción.
Este “holocausto dominicano” no debe entenderse como una exageración retórica, sino como una alerta nacional. Cuando la corrupción toca la salud, toca la vida. Y un país que permite que su sistema de seguridad social sea destruido desde adentro, sin consecuencias ejemplares, está condenado a repetir la tragedia. Hoy más que nunca, la sociedad dominicana necesita justicia real, sanciones firmes y una profunda reforma que devuelva a SENASA su verdadero propósito: servir, proteger y salvar vidas, no enriquecer a unos pocos.

